
Dentro de todo lo que solemos pensar sobre nosotros mismos… Sobre nuestro comportamiento, nuestras reacciones, nuestras herencias… Sobre todo aquello que llamamos “nuestros demonios personales”, nunca había pensado en la existencia del verbo “aceptar”. Nunca, en diez años de terapias, comidas de coco y etcéteras, me había sentado con todo el peso de mis kilos en una silla y había dicho… “Así soy”.
Pienso ahora, que en los últimos años de “auto-hurgamiento”, he intentado locamente y por todos los medios, “dejar-de-ser-quien-soy”. El verbo “curar” que tanto he usado ha ido de la mano siempre con “dejar de ser”.
La idea de la aceptación me la sugirió mi terapeuta hace una semana. Imagino que todos los terapeutas a los que he ido alguna vez me la han sugerido (tal vez no), pero uno logra escuchar lo que tiene que escuchar sólo en el momento en el que está listo para escucharlo. Y en cuanto uno lo escucha realmente, ya no lo deja de escuchar. A partir de esta idea que por primera vez en mi vida me pareció “sugerente”, todas las personas a mi alrededor, lo que leo, incluso algún mail que llega, hablan del tema: “Aceptación”.
Me dice una amiga mayor y sabia que ese es el primer paso y que luego, el más “pendejo” es aquel que hace que empieces a querer con ternura eso que ya aceptaste como tuyo. Claro, pasarán años, seguro.
Me llama la atención esa dificultad que podemos tener para aceptar ser quienes somos. Creemos que nos aceptamos, pero no siempre es así. (Hay excepciones, claro está, en esta idea no incluyo a toda la humanidad). He tendido a odiar tanto a mis demonios que lo que les tengo en realidad es terror, por tanto me dominan (aban) dominan (aban). Escuché en una película para niños que para que los mounstruos desaparezcan uno tenía que reírse de ellos, a carcajada limpia, fuertemente. Yo no me he podido reír nunca de esos mounstruos y con esto, les he otorgado el poder que han deseado y me han llevado por infiernos que no deseo pasar y que cuando pasan me dejan devastada, defraudada, triste, frustrada y llena de culpa. No quiero. Lo peor de todo es que el mounstruo se lleva de encuentro todo lo bello. Lo arrasa. Como un tornado devastador, o por lo menos, así lo siento yo.
Mi mejor amiga me dijo el otro día que la llamara pesimista pero que ella había asumido que no iba a cambiar. Que lo que cada una tenía era algo así como una “falla de fábrica”. Algo que ya estaba impreso en los genes de cada ser y que lo único que podíamos hacer era negociar con nosotros mismos. Bajar los decibeles. No hacer mucho caso. No tomarnos tan en serio. Yo, la verdad, nunca había pensado en la idea de que “nunca iba a cambiar”. Yo pensaba que se me iba a producir el milagro. Un día después de tanto pensar, iba a iluminarme e iba a hacer el “clic” milagroso que me haría dejar de ser quien era para convertirme de pronto en el ser con el que sueño ser. Pero no es así. Los “clics” no son magia, son producto de la conciencia y son oportunidades para hacer las cosas mejor. No para dejar de ser quien se es, sino mejorar. Las oportunidades se dan todos los días. Es cuestión de trabajo. No existe un clic mágico. Bueno, en algún momento sí. De hecho hay algunas verdades que se me han aparecido en la cara con el brillo de el sol sobre un filo de plata…(Creo que los griegos decían algo así). Pero esos son regalos. Lo demás es trabajo y conciencia. Chamba, chamba.
Poder mirarse al espejo y decir, "Así soy", poder aceptar el demonio, no tenerle rabia. Dejar de sentirse culpable por ser así... Seguiremos hablando del tema…