martes, 25 de diciembre de 2007
Mi cariñito N.
Estoy escuchano la maravillosa versión de "Cariñito" que hizo el grupazo "La Sarita" y no pude evitar pensar en N. Hace unos meses viajé a Madrid a un festival de cine y ahí estaba ella, siempre con una sonrisa en los labios, siempre con esa calidad de agua en la mirada, los movimientos suaves, la risa franca, la voz... baja, delicada, tranquilizadora, amable. Nos vimos varias veces mientras yo vivía en "Mandril" (el cuco que come), y la verdad, sentimos hasta ahora un profundo cariño la una por la otra. Cada vez que la veo está más guapa, más mujer, pero sigue manteniendo esa aura de niña libre, de rebelde con causa, de muñeca que quiere que el mundo tenga reglas mejores, de libertaria, de hermosa Che Guevara. Estoy segura de que ella se iría con la guerrilla a la selva a luchar, o que tal vez, ya es amiga del comandante Marcos. Nunca lo sabré.
Una noche estábamos bebiendo mojitos en un bar del que ella era socia. Lógicamente, un bar sin licencia, escondido, en el que se podían fumar porros y al que tenías que entrar tocando un timbre. Ella nos hablaba a mí y a un chico de rastas sobre una situación en concreto que reflejaba la injusticia del mundo. El chico la miró y con la fuerza de todos sus rastas le dijo: "Bueno, el mundo es así, injusto." Y ella dijo: "Pues yo no quiero que MI mundo sea así." La amé. Yo me callo la boca porque soy la menos guerrillera, la verdad a veces siento que soy un poco egoísta y que no pienso en los "grandes problemas" del mundo, pero cuando escucho a N. hablar así, me dan ganas de colgarme un arma e irme al monte a luchar por la justicia social (más allá de que nadie crea que alguien en realidad luche por algo llamado "justicia social"). N. me da un no sé qué de confianza en que el ser humano puede ser mejor, en que todo puede fluir, en que todo va a estar bien. Ella me lleva un par de años, no es ninguna niña, y no tiene "oficio ni beneficio"(como lo entendería la injusticia social), trabaja en bares, alguna vez dio alguna clase de teatro, pero ella fluye con el universo y la verdad, tiene las cosas bastante claras y es para mí una pequeña buda, una mujer sabia, una linda que ya se dio cuenta de que todo el logos del universo está dentro de ella y que no necesita nada más. A veces, la extraño. Si vieran su sonrisa me entenderían.
Hemos bebido mucho vino juntas y cuando lo hacemos nos abrazamos mucho y reímos un montón. Cuando escucha que me burlo mucho de mí misma, me dice: "No juzgues Jimena". Y cuando oye que con unos tragos encima me burlo de mi entorno, abre mucho los ojos y sin perder la sonrisa me dice: "Jimeeeena". La última vez que estuve en Madrid, para ese festival de cine, nos juntamos durante muchas noches y a pesar de que yo no estaba bebiendo ni gota de alcohol en esos momentos, decidí tomar una copita de vino blanco en honor a mi Che Guevara. Fumamos porros y nos fuimos a casa de una amiga en el centro a seguir con el vino blanco y a hacerle la corte a un boliviano bastante extraño del que yo me había enamorado perdidamente en esa noche. En esa casa me entró la timidez, me senté a 20 metros de él y decidí que para mí sólo existían mis amigas mujeres y pusimos el grupo "La Sarita" para enseñarle al susodicho "lo que era bueno de nuestro país".
Si recordé ahora a N., es porque después de bailar "Guachimán" y "Más poder", ella pidió a gritos que le pusieran "Cariñito". La pusimos y en el mismo instante la vi entrar en un trance loco. Bailar como si sus extremidades se le fueran a escapar del cuerpo. Era un baile con saltos, expulsión de miembros, cuerpo descoyuntado...Era realmente un hermoso placer ver a un ser humano bailar con ese grado de libertad. Con tal grado de confianza en sí misma. Fue un momento inolvidable para mí. Sobre todo porque en frente de mi boliviano al que me había estado gileando toda la noche y quien creo estaba un poco asustado frente a estas cuatro mujeres peruanas bailando La Sarita sentado en un rincón armándose porro tras porro y bebiendo vino tinto en taza de café, mi amiga N. me sacó a bailar mientras seguía saltando en su trance loco. Yo me levanté y sentí la pesadez de mis miembros y que no podía seguir el ritmo de N. ni el de la canción (si la han escuchado es como para saltar como loca), y por un segundo me sentí ridícula por el boliviano que tenía atrás, pero luego, miré a los ojos a N. y ella me miraba feliz y me cogía de las manos y lograba que yo moviera mi cuerpo y me sumergí en sus ojos e intenté olvidarme del boliviano y decidí que la quería y que quería a mis amigas peruanas que bailaban conmigo "Cariñito" en ese momento y decidí que amaría Madrid por el resto de mis días, a pesar de todo, y que era bueno para mí regresar a esa ciudad de vacaciones, a ver a mis guerrilleras, a mis luchadoras, era bueno regresar aunque fuera un ratito a conocer un boliviano, era bueno estar ahí, para volver a ver a N. para escuchar su voz o para bailar un "Cariñito" con ella.
Un beso para N. Por siempre.
domingo, 23 de diciembre de 2007
Chicle gastado

He estado mascando este chicle desde hace mucho tiempo. El chicle sabe a cansancio, a fruta pasada, a muela rota. Mis encías suben y mi mandíbula despierta cada día más adolorida. "No es justo", me digo, aunque se que todo es justo. "Porqué a mí?", me pregunto. "Porque no a tí", me respondo. Trato de pensar que todo esto decantará en una obra de arte. Yo. Una geisha. Una obra de arte viva. El habla, el gesto, el rostro...Expulsaré el chicle y quedará el cuadro. La estética viva de una guerrera convertida en princesa, cortesana, seguidora, amada. Mientras tanto, le quito el sabor al chicle. Trago saliva, trago fruta pasada, ingiero química. Tengo la química cerca, me gusta. Me gusta tenerla dentro y que mi cuerpo se mueva. Pronto, me digo, dejaré este chicle y aparecerá una sonrisa. Ya no más abrir la boca una y otra vez. El chicle es cada vez más duro y apesta. Me da vergüenza hablar por el olor de mis encías. Ya nadie se me acerca.
De pronto aparece el coche rojo. Yo vestida de blanco leyendo un libro de Hannah Arendt. El coche rojo y mi vestido blanco. El coche deportivo color rojo y el día de verano. Estoy sentada en el último rincón del mundo. Visto de blanco porque quiero meditar. Masco mi chicle con un poco de dolor y pienso que estoy en las últimas. El coche rojo sobrepara. Mi libro empieza a temblar. Sólo somos el coche rojo y yo en medio de una casa de campo de reyes europeos. En ese momento me pregunto por primera vez: "¿Qué hago aquí? ¿Dónde está todo el mundo?" No están mis amigas, las comunes, las que me acompañan a leer a Arendt, a Fromm, a Benjamin aunque no los entendamos. Los queremos porque queremos superarnos. Ellas también mascan chicle. Son grandes y me cuidan. Me ven llegar con mi librito y vestida de blanco. No soy jinetera. No soy como ellas. Yo no quiero quitarte el trabajo hermana. Masco el mismo chicle que tú, pero no trabajo. No tengo trabajo ni beneficio. Vengo aquí porque no tengo otra cosa que hacer. Nadie me solicita en este mundo. Mírame bien guapa. Tenemos la misma edad. Te quiero por ser mujer. Y de tanto verme vestida de blanco, me aceptaron.
Miro el carro y pienso en mi chicle corriente. Quiero cambiar de chicle. Quiero uno nuevo, que alardee. Veo el carro rojo y ya no me importan procesos. Pienso que necesito comer bien. Movilizarme. Me han salido unas piernas de corredora por patearme la ciudad a pie. No puedo comprar un abono de metro. Nadie me solicita en la ciudad. Aquí me siento bien. En la casa de campo de los reyes nadie es solicitado, nadie es atendido, nadie es juzgado. Paseo entre condones con mi libro de "Hannah querida ayúdame a superarme" y hasta me encontré un vestido sucio tirado en el pasto un día. De quién habrá sido. Hermana, adónde fuiste desnuda. Maldito cerdo el que te hizo correr. Maldito sea. Chicle de mierda que ya está más duro y terrible que mi maldito culo por caminar horas para llegar a la vuelta de la esquina. Carro rojo me mira, sobrepara y me lo pienso. Son unas gafas oscuras, un pelo teñido y una camisa blanca. Asquerosa. Eres un cerdo pero te miro mientras masco mi chicle. Estoy tomando una decisión. Tal vez me puedas llevar por la ciudad. Qué carajo. Tal vez... Me sonríes, te quitas las gafas. Eres más feo aun que antes. Carro rojo, masco chicle, sonrisa astuta, anillo de casado. No veo a mis hermanas. No están por aquí. Estoy sola con el automovil y el anillo. Sola. Hannah Arendt empieza a temblar. Estoy vestida de blanco, mi chicle está blanco. Sólo quería meditar, hacer yoga aunque no sepa hacerlo, respirar el aire que respiran los reyes, las reynas, las princesas como yo. Como ellas, como mis hermanas. Sólo quería patear un condón y que se me pasaran las horas antes de volver a casa y darme una ducha que me ahorrara media hora más del día. Carro rojo, tengo miedo. Mi mano tiembla, está muy cerca. Mi vestido blanco me da ternura, mi libro, mi chicle, me siento estúpida, niña, estoy en el país de los mounstruos, en el averno, estoy en Neverland y no me había dado cuenta. Estoy en ninguna parte y este era mi lugar favorito. Me doy cuenta de que llevo viniendo al infierno todos los días a meditar. Mi mano temblorosa se apoya en la banca de semen y decide pararse. Estoy caliente. Hace calor pero no es por eso que estoy caliente. Estoy asustada. Carro rojo sigue ahí y yo cierro mi libro y doy media vuelta. Dejo de mascar el chicle. Me doy asco. Le volteo la cara al anillo de casado. No me puedes dar nada que yo no me haya dado ya, me digo. Lo pienso un segundo más. Y si tal vez... No. Mis hermanas no me lo perdonarían. Hicimos un pacto. Luego no me dejarían volver al infierno. Y una nunca sabe cuando querrá volver. Escupo el chicle como un hombre violento, tratando de ser agresiva y me voy. Cruzo el puente hacia la civilización. Dejo atrás reyes y princesas. Por un segundo, me asustaron. Ya buscaré un chicle nuevo.
miércoles, 19 de diciembre de 2007
Dice el I-Ching... Hexagrama 48
Los pozos necesitan reparaciones cada cierto tiempo. Mientras duran las reparaciones, nadie puede beber su agua. Igualmente nosotros necesitamos regenerar nuestro carácter, poner en orden nuestras vidas, y aunque mientras tanto nadie puede beber nuestra agua, es completamente necesario que lo hagamos.
viernes, 14 de diciembre de 2007
La llegada de la mujer vampiro
Te apartas de la senda suavemente. Un vodka por aquí, una cervecita por allá, una copita de vino blanco y de pronto ya estás hablándole burradas a un infante. De pronto vuelves a convertirte en la mujer vampiro, en la condesa Bathory, en la dama de la noche a quien nadie toca. Por debajo, tú, intentando sonreír. Mirando de frente y rectificando las burradas de la vampiresa, poniendo el ojo chinito, la sonrisita de medio lado. Tu pecho está alterado y lo sabes. Lo sientes. Ya lo tenías más o menos controlado, pero la noche... La noche te gusta, te jala, te arrastra y de pronto, después de meses de no encontrarle sentido a las borracheras nocturnas, decides que salir y emborracharte es la mejor opción en este momento. Llevas unas cuantas y tu cuerpo está triste. Tu pecho está alterado. Ya no te escuchas. Vuelves a preguntarte como cuando tenías 20: "¿Cómo hace la gente para escucharSE?" Te has alejado y sientes un tufillo de culpa que empieza a subirte por los huesitos del pie, desde el centro de la tierra. Igual te despiertas temprano, haces yoga, respiras, comes sano, pero sabes que estás oscura. Tienes un castillo dentro lleno de callejones sin salida. Sabes también cual es el camino de vuelta, pero vuelves a sentirte como antes. No puedes decir que no. Nuevamente no puedes negarte y te entregas. A la noche, al adormecimiento, a la risa histérica. Habías aprendido a decir que no y te sentías muy orgullosa por eso. Ahora afirmas, afirmas, afirmas. Dices sí a manos extrañas, a vasos llenos, a bromas infames, miras mal, hablas mal. Estás oscura y lo sabes. Lo sientes. Intentas respirar y sigues trayendo flores a tu habitación. Pero el ruido sigue ahí. Es ruido, son voces, es distorsión que antes no sentías. Es tu pecho lleno de caos. No puedes encontrar respuestas porque sólo tienes bulla. El ruido evita que escuches tus latidos, tu pulso de cuerda de violín, tu hígado trabajador. Este Viernes por la noche has decidido quedarte en casa e iniciar el camino de vuelta. Nuevamente. No has caminado tanto hacia el otro lado (aun). La condesa Bathory aun no te ha dejado sin sangre. Aun está esa nena de ojo chino defendiéndose. La dulce nena cercana a sí misma. Piensas que tienes tiempo aun. Antes de que aparezca Ulises, antes de que llegue el año nuevo, antes de que tú misma empieces nuevamente a odiarte. Piensas que tienes tiempo. Y lo tienes.
domingo, 9 de diciembre de 2007
Y el cumpleaños se celebró...
Y fui tan feliz. Y estuve tan roja y contenta de ver a tantos amigos y bailé tango con un hermoso y bebí vodka y canté a gritos y bailé locuras. Feliz, feliz, feliz. Bienvenidos sean los 31, bienvenida sea esta nueva década llena de aventuras. Increíbles. Estoy segura. Aquí viene lo mejor...Mis mejores deseos para mí. Para todos. Seamos felices y concientes (casi siempre). Mua!
Tengo ganas

Todo es rojo a mi alrededor. Acabo de bailar un flamenco con Sabina, con el mismo Sabina y yo no se bailar flamenco. Moví los brazos, golpeé el suelo con mis tacos y actué como una sevillana molesta. Bailé flamenco. Todo está oscuro y yo llevo una falda plizada negra y un gorrito de lana que me hace ver niña, adolescente, linda, guapa, inocente. De inocente nada. Me siento roja, me siento oscura. Te veo llegar. Nunca me has gustado pero esta noche tengo ganas. No importa quien seas y eres el único posible en esta noche larga de flamenco y rojos encendidos, de mujeres histéricas, de vodkas interminables. Me saludas y yo te pongo mi sonrisa más amable para que sientas lo linda que soy. Soy amable y buena gente, me preocupo, te escucho, te cojo del brazo y te pregunto cómo estás. No me importa. Estoy actuando, claro. Quiero que sientas que estoy ahí, que me sientas, que me recuerdes. Me siento en la barra y se me acerca otro. Grande, horrible, mono, orangután. No lo soporto y te miro. Ven, maldita sea, sálvame de la prehistoria del hombre, sálvame con tus labios y tu cerebro filosófico. No soporto una conversación aburrida, no soporto a un hombre intentando tocarme con la mente inexistente, te quiero a tí. No estoy tan convencida pero tengo ganas y se que tú terminarás por convencerme. Por fin, te acercas. Hablamos y reímos. El orangután se siente incómodo. Vase. Bien.
Te toco el brazo. Estrategia de mujer madura. De adolescente también. Te cojo el brazo mientras me río y te cuento anécdotas de mujer triunfadora, de lo que no soy. Actúo. Soy buena en mi trabajo. Soy buena actriz. No sabes el caos que llevo dentro y no tienes que saberlo. Sólo tengo ganas y ya está. Sabina sigue bailando flamencos locos y bellos y yo admirando y pensando qué coño hago en un bar tan oscuro y rojo viendo ángeles bailar con flamencos. Me recluyo un momento. Huyo de tí pero no me quiero ir aun. A lo mejor la noche se ponga buena para mí y el caos desaparezca. Siempre soñando... Que el caos desaparezca. Estoy sentada con mi falda plizada y mis botas negras. Todo está tan caliente. Bebo una cerveza y fumo un cigarrillo. Como siempre. Te busco con la mirada y ya no te encuentro y maldigo el momento en el que se me ocurrió recluírme. Pienso que ya te fuiste y me maldigo y empiezo a sentirme culpable. Por fin te veo. Estás al frente pero ya no te acercas. Bebes una cerveza y fumas un cigarrillo, como siempre. Te clavo la mirada. Literalmente. Te la clavo. No puedes resistir la punzada y volteas. Me miras. Nos miramos largamente. Eres tímido, me doy cuenta. Yo también pero esta noche tengo ganas. Sosténme la mirada tonto, te la estoy regalando. Igual, no te acercas, te faltan agallas. Nos vamos todos y tomas un taxi. Al despedirnos rozamos nuestros labios. ¿Qué más podía suceder? Ríendome te pregunto como es posible que te vayas a tu casa. Te invito a seguir bebiendo en mi casa junto a otras chicas y un orangután. No me dejes sola con el neanderthal. Te vas. Tienes que trabajar en unas horas y estás agotado. Quieres estar conmigo una noche entera sin obligaciones. Todo se da tan franco y desvergonzado que yo misma me sorprendo. Pienso en mi educación y en mi colegio alemán. Qué verguenza Herr Messerschmidt, usted nunca creería lo que las chicas de su colegio son capaces de hacer. Te hago un gesto despectivo con la mano y ríendome te digo algo como que tú te la pierdes y me voy a casa con amigas y un orangután. El pasado del hombre a mi costado. No lo soporto y me voy a dormir. Esta noche, tenía ganas. Qué pena.
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