
Ella ríe y mira su bolso fucsia y sus medias rojas hasta las rodillas. Comprende por qué él le acaba de decir Paris Hilton. Se tira en la cama y rebota, rebota y rebota. El ríe, como siempre. Ella, rebota sabiéndose hermosa, ligera, niña, graciosa. Se siente la hacedora de la felicidad. De él. El le dijo muchas veces que sin ella se moría. "Exageras... Siempre exageras", le decía mientras lo tocaba con el pie bajo la mesa. "Así quiero que sea mi vida siempre", pensaba. Y cuando decía "siempre" quería decir "siempre". Erótica, poética, creativa, alegre, dulce pero sobre todo, poética, erótica.
Nadie nunca le enseñó que tal vez la vida no fuera así. "¡Mierda!", decía y se rebelaba cuando le hablaban de la transformación de las circunstancias dentro de una situación. Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda. No quería saber. Quería ser una geisha, una obra de arte en sí misma para ser admirada por él. Una obra de arte compartida, un hada mágica. No quería ver la realidad y lo sabía. Lo real, me da asco, decía. Alguien dijo alguna vez: "La confianza es un asco". Y lo piensa. Es un asco. Quiere sentirse seducida todo el tiempo. Como la primera vez, como antes. Y le dice con una sonrisa: "Hazme el amor como la primera vez. Como si no conocieras mi cuerpo." Y él lo hace, lo intenta, lo logra, porque la ama. La hace feliz. Por un momento, por este momento, por esa tarde, por esa noche. Al día siguiente hay que volver a recrear el primer día, el primer encuentro. "¿Por qué me miras así?, le pregunta, "mírame como si me estuvieras descubriendo", le dice. El, baja la mirada, llevan tanto juntos... Eres mi mujer, le dice. A ella le gusta que él le diga "mi mujer" y "preciosa". "Dime algo que me enloquezca", le pide. El no sabe que decir y un bicho aparece en el estómago del primer día. "Empiezo a sentir que no me quieres...", le dice. Ella recuerda "antes". Ella no recuerda más, sólo sabe de un "antes" que ella ha elegido, incluso tal vez, inventado. Esa caricia, esa mirada, ese temblor en los labios al mirar mis ojos. Es adicta a las sensaciones y ella lo sabe. Sólo necesito que seas un poco más delicado, le dice. El baja la mirada. Ya no sabe que es "delicado", ya no sabe que es "antes", empieza a perder el sentido a "mirada", siente que pierde piso y la toma de las manos. La sienta en la cama y la mira a los ojos. "Vuelve", le pide. "No te vayas de aquí, no te vayas del tiempo..." Ella lo mira, sonríe y siente su bicho gritar. "Mi estómago", dice, "me duele el estómago". Va al baño y sentándose en el piso piensa que tal vez está equivocada. Se mira al espejo y ve sus ojos hinchados. Ha estado llorando, mucho, durante días. Ha estado pidiendo mucho, demasiado. El le dijo que ella pedía cosas que nadie le iba a poder dar. Ella sólo quiere el primer día, la poesía, la eroticidad, la caricia, el descubrimiento. Le duele el estómago y decide tirarse al suelo, al frío de las mayólicas. No está calmada y siente que esa sensación de bicho gritando no va a terminar. "Dame una razón para quedarme", se dice a sí misma. Quiere hacerse daño y no. Quiere morir y no. El vacío, el puto vacío. Un poquito más grande y me cortaba las venas. Felizmente no es tan grande. Se mete el dedo para vomitar. Tal vez así salga el bicho. Necesita una vuelta de tuerca, un corte, un golpe, un vómito. Algo. El le toca la puerta y ella sólo gime. Quiere asustarlo y llora diciendo que se quiere morir. El llanto crece cada vez más y se convierte en la niña asustada y solitaria que siempre fue. La que escribía diarios escondida en su habitación. Sola. La que creaba cuentos, historietas y dibujaba siempre mujeres de cabellos largos, cuellos de cisne y cinturas estrechas. Llora sintiéndose que el suelo se la traga... En realidad quiere que el suelo se la trague. Está avergonzada, culposa. Finalmente vomita. El, fuera, en la habitación, desesperado, sin saber qué hacer. Ella sigue llorando... "Estoy sola", murmura, "estoy sola..."
Necesita contención. Abre la puerta y al verlo casi se desploma. Ya no tiene fuerzas y él la coge en el aire. "Contenme", le ruega..."Contenme..." El la abraza, la besa, le dice que la ama. Ella se separa y le dice: "Quiero suicidarme...¿Qué hago?"
Va a su mesa de noche y coge del cajón una caja de valerianas. Es lo único que tienen, no están acostumbrados a tomar pastillas. Ella coge diez y se las mete a la boca. Quiere desaparecer. Se tira al suelo de la habitación, tiene un moño cogido por un lápiz y al tirarse al suelo se hinca el cráneo. Sonríe y le dice: "¿Ves? Todo lo que me hace daño está en mi..." Desde el suelo, con el cuerpo atontado puede ver la luna a través de la ventana. El le habla, pero ella no entiende. Simplemente está en su cuerpo, flota, aprovecha esa sensación tan distinta a la anterior. El ve la caja de valerianas vacía. Ella sonríe porque sabe que nada puede pasarle. No deja de mirar la luna. Ubica unos ojos, una nariz, una boca... Ubica la "cara de la luna". Nunca en su vida la había visto así. Sentía que ahora podía ver la luna como la había visto Mèliés. Sonríe nuevamente y dice: "¿Sabes? Siempre he visto el lado equivocado de la luna... El lado equivocado de la luna..." Ríe, llora y se queda dormida. El la acuesta en la cama. Mañana será otro día.