
Empiezas a odiarte en el espejo, a pronunciar "odios" y "ascos" y nuevamente encajas en la imagen que tú misma tenías de tí. Ya no te sorprendes, ya no te extrañas, nuevamente te acomodas en esa que tú siempre has considerado ser "tú". Te duele un poquito y echas una lagrimita, pides un poco de ayuda, pero tampoco tanta porque que raro era estar bien. Piensas en tu sonrisa de todos los días y te recuerdas mirando al vacío de hace años. Te molestas y tu brazo aparta otro brazo. Te vas. Lejos. Alguien te pide que no te vayas. Eres tú misma. Esa otra tú que eres tú. Te acaricia y te dice que te dejes querer. Por tí. Por otro. No te permite que te mires al espejo y te odies. Te pide rigor pero la otra es viciosa. Multiplemente viciosa. Drogas y alcohol, pero sobre todo, violencia, dolor, agujeros negros. Casa. Hogar. Ese es tu hogar. Era. Es. Era. Ya no ya.
Estás a tiempo. Nuevamente. Lo sabes pero no sabes por donde empezar. Una cuarta o quinta reconstrucción. El límite entre la aceptación y competir con el universo es muy frágil en ti. Una, dos, tres respiraciones no bastan para acallar al mounstruo que ha despertado. Un día más y te hacías daño. Un día más y torturabas. Quieres encontrar la raíz pero no sabes como. ¿Cuándo empezó todo lo que no sea el inicio primigenio? ¿Cual es este último inicio? Atribuyes cambios a pastillas, alcohol, sueño, desconcierto, viajes... Intentas encontrar una respuesta y piensas que la respuesta no es lo que importa. Lo que importa ahora es la acción a seguir. Ya no piensas más y decides respirar hondo. Te cruzas con una mariposa y decides con fuerza que todo va a estar bien nuevamente. Y punto. Respira. Hondo. Fuerte. Ya está. Regresa.