
Ayer un guapo, joven y atlético desconocido me hizo una pregunta que me dejó helada. Era un estudiante de una universidad para quien yo había actuado en un video de fin de curso y a las 5.30 de la tarde este lozano especímen me regresaba en su coche por la costa verde hacia Larcomar y yo alucinaba con el cielo encapotado y gris de Lima, como siempre. Hablaba sobre lo genial que me parecía el paisaje limeño, que era increíble cuando te dabas cuenta de que vivíamos encapotados casi el año entero, del color del mar y blah blah blah...
Llegando a mi lugar de destino, me pregunta con sus músculos y su cutis moreno: "¿Y tú, dónde veraneas?"
Debo confesar que la pregunta me pareció..."Demodé". De otro mundo y de otra época. Se me vinieron imágenes de la serie "Verano azul" de los 80´s, del chavo del ocho en Acapulco, de los españoles de clase media que esperan Agosto para irse a veranear en hordas... Pero yo no estaba en ninguna imagen. La pregunta era extraña. ¿Aquí la gente "veranea"?, me pregunté. Según yo, en verano se chambea y vas a la playa los fines de semana, pero eso no es "veranear"...¿o sí?
Respondí: "Yo no veraneo." Y le di toda una explicación de lo floja que era para coger el coche e ir al sur y que nunca había tenido casa allá y que me cuidaba mucho la piel y que no sé... casi siempre estaba trabajando en verano, lo cual además es cierto.
Pero el guapetón me había dejado una interrogante en el cerebro así que hoy por la mañana esperé impaciente a que mi madre despertara y me le acerqué con esta pregunta: "Mamá, porqué nosotros no veraneábamos?" Y me respondió: "Porque a tu papá no le gustaba la playa." La miré recelosa. Tendría que haber admitido que a ella tampoco. La he oído hablar pésimo de la arena alguna vez.
En verano, cuando eramos pequeños, niños, adolescentes, mis amigos "veraneaban", pero claro, eso era antes, no se porque pensé que de grandes eso no ya no se hacía. Las vacaciones de verano para mí en cambio, no significaban playa, significaban calor en casa, ayuda doméstica y despertarse tan temprano como cuando ibas al colegio. Mi padre, Lord Enrique, tenía la firme convicción de que "dormir idiotizaba", así que igual nos despertábamos a las 7 de la mañana en vacaciones. No le gustaba vernos deambular por la casa sin hacer nada así que nos otorgaba tareas que después remuneraba. Nos estaba creando la "conciencia de trabajo". Para él nada era gratis en esta vida y las vacaciones para un niño o un adolescente eran irrisorias..."Como si estudiar fuera un trabajo", decía y reía... Ja, ja, ja.
Me recuerdo a mí misma alguna vez reclamándole que me pasaba todo el "puto año estudiando para descansar en verano, puta maaadreee" y él mirándome... Se debe haber reído mucho de mi afirmación cuando los que se rajaban el lomo para no descansar en verano eran ellos.
Eso sí, teníamos un jardín enorme y una poza. No una piscina, a mi padre no le gustaban las cojudeces. Era una poza hecha de cemento, con una cascada y una especie de tina (le llamábamos "jacuzzi") alrededor. Lord Enrique es ingeniero así que sus obreros (a los que yo llamaba tíos) la construyeron según sus indicaciones. Y se llamó "La poza". Todo el mundo la conocía con ese nombre y la verdad, nos divertíamos mucho en ella. Hasta le había construído un par de "asientos" en los que muchas veces mi padre y mi madre se sentaron a beber cocktailes como si se tratara de una piscina en el caribe. Nuestro propio paraíso personal. ¿Para qué ibamos a querer la playa?
Yo, era la bailarinita de ballet más púdica del universo y me daba vergüenza andar en traje de baño por el jardín porque los vecinos me podían ver (algunas de las ventanas de los vecinos daban a nuestro jardín). No tenía nada que esconder (no tenía nada en esa época), pero me imagino que en el fondo era muy vanidosa y creía que todos los ojos de todos los vecinos querían estar encima de mí. Supongo. Así, ¿cómo pretendía ir a la playa? Así que bañarme en la poza era correr envuelta en el toallón hasta el borde, dejar el toallón en el jardín, tirarme al agua, quedarme ahí y salir corriendo a envolverme en el toallón. Nada de sol caía a mi piel. Nunca me bronceaba.
La gran confrontación venía en Marzo cuando empezaban las clases. Todo el mundo llegaba morenísimo, todas con sus shorts cortísimos mostrando sus piernas doradísimas, los pelos quemados por el sol, las mejillas peladas y los labios agrietados. Guapísimas. Yo, Blancanieves, llegaba igual sólo que con ropa de verano.
En la época de adolescente fue cuando me empecé a tener que acostumbrar a comentarios del tipo: "Jimena, porque no te sacas las medias blancas...", o el "A que playa vas..." etc. Ja, ja, me reía yo. Tampoco era un pecado no ir a la playa... Aun así mi hermana y yo nos defendimos un poco de los comentarios sobre nuestra "verde palidez", comprando una crema que causaba sensación en los 80´s: "Rayito de sol" y nos embadurnábamos con eso las piernas logrando un tono medio zanahoria. Horrible.
No pues, nunca he veraneado. Ya de grande, mi trabajo tampoco me lo ha permitido. En esos meses casi siempre he estado trabajando y la verdad... soy bastante floja para salir de Lima en mi coche. Este verano lo haré, lo tengo decidido. Saldré de Lima con mis sobrinos (mis cachorros) y me los llevaré a la playa. Me bañaré en el mar y lograré que mis piernas obtengan un tono dorado sin necesidad de echarme "Rayito de sol".
Mi padre sigue sin ir a la playa. Ahora tiene una casita alejada de la civilización circundante en la que tiene un huerto y cría pollos y gallinas. Curiosamente, se volvió a construir algo así como una poza. Es una piscina de mayólicas eso sí, pero no celestes... sino... blancas. Ya saben, a mi padre no le gustan las cojudeces. Tiene también una especie de jacuzzi al lado y zona para niños y adultos. Mucha vegetación alrededor y también nos hemos divertido ahí dentro. La piscina de mayólicas blancas... ¿Para qué ir a la playa entonces?